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C1

Банка со старыми деталями

Автор: RusoFásil (relato original)

Un adolescente que ya ha abandonado tres actividades pasa el verano contra su voluntad en el taller de relojería de su abuelo, hasta que una vieja lata de piezas guardadas durante décadas resulta ser la clave para salvar un reloj de bolsillo que nadie más pudo reparar.

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Arkadi Petróvich lleva cuarenta años reparando relojes en un pequeño taller de la esquina, adonde su nieto Dima llegó sin quererlo — su madre lo envió allí todo el verano después de que abandonara ya la tercera actividad seguida.

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Dima consideraba la relojería el oficio más aburrido del mundo, y las primeras semanas se limitó a pasarle herramientas a su abuelo mientras miraba el teléfono a escondidas.

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Arkadi Petróvich tenía una costumbre de muchos años que irritaba especialmente a su nieto: nunca tiraba los relojes rotos, sino que guardaba sus engranajes y muelles en una vieja lata de hojalata, repitiendo que cada pieza aún podía llegar a servir.

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Poco a poco, al empezar él mismo a limpiar y armar mecanismos sencillos bajo la mirada de su abuelo, Dima, sin darse cuenta, se fue enganchando a la precisión que exigía ese trabajo, que requería una concentración total.

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A finales de julio llegó al taller una mujer mayor con un reloj de bolsillo heredado de su bisabuelo — el mecanismo estaba completamente atascado, y otros dos relojeros de la ciudad ya se habían negado a repararlo.

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Arkadi Petróvich, tras examinar el reloj con la lupa, reconoció que faltaba un engranaje poco común con el número exacto de dientes, y encargar uno nuevo llevaría varios meses.

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Dima de pronto se acordó de la vieja lata y, tras revisar decenas de piezas antiguas, encontró de verdad un engranaje con exactamente el mismo número de dientes, al que solo hacía falta pulirlo un poco.

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Abuelo y nieto pasaron juntos toda la noche inclinados sobre el reloj, y cuando el mecanismo por fin empezó a hacer tictac en silencio, la mujer mayor rompió a llorar de alegría al reconocer un sonido que recordaba desde la infancia.

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Esa noche, por primera vez, fue el propio Dima quien propuso quedarse más tiempo en el taller, en lugar de mirar el reloj esperando que terminara el turno.

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Esta historia muestra que la costumbre que a su nieto le parecía una terquedad sin sentido a veces resulta ser lo único capaz de salvar lo que todos los demás daban por perdido.