Пересолил
Автор: А.П. Чехов
Un cuento cómico de Chéjov sobre un agrimensor que, por miedo a ser asaltado, exagera tanto sus fanfarronadas que termina ahuyentando al único hombre que podía protegerlo — una lección irónica sobre cómo el miedo alimenta el desastre.
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El agrimensor Gleb Gavrílovich Smirnov llegó a la estación de postas y exigió caballos para ir a la finca del general Jojotov, a cuarenta verstas de distancia.
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Le dieron caballos y un cochero: un mujik de rostro sombrío y aspecto de bandido, con un abrigo raído lleno de agujeros.
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«Escucha, amigo —le dijo el agrimensor al cochero—, ¿no habrá por aquí gente que ande haciendo de las suyas en los caminos?»
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«Cómo no va a haber, de todo pasa», respondió el cochero de mala gana.
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Smirnov recordó que en su maleta llevaba dinero y un reloj, y se sintió inquieto.
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El camino entró en el bosque, oscureció, y el silencio sombrío del cochero puso todavía más nervioso al agrimensor.
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Para asustar a un posible bandido y demostrar su fuerza, el agrimensor decidió alardear.
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«Yo, hermano, no viajo solo —dijo en voz alta—. Conmigo vienen otros cuatro compañeros armados con rifles, justo detrás de nosotros».
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El cochero se quedó callado, solo miró de reojo a su pasajero, y ese silencio no le gustó nada al agrimensor.
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«Además, en mi maleta llevo dos revólveres y un rifle —continuó el agrimensor, tratando de sonar lo más rudo posible—. Disparo sin fallar nunca».
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«Ajá», dijo el cochero, y de pronto empezó a arrear a los caballos más rápido.
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Para asustar del todo a su compañero de viaje, el agrimensor se puso a contar lo forzudo que era: que doblaba herraduras con las manos y que él solo podía con tres bandidos.
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Cuanto más alardeaba, más sombrío y callado se volvía el cochero, y eso solo hacía que el agrimensor sintiera más miedo.
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De pronto el cochero detuvo los caballos en medio del bosque oscuro, bajó del pescante y, sin decir palabra, salió corriendo hacia la espesura.
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«¡Alto! ¿Adónde vas? ¡Alto!», gritó el agrimensor, sin entender nada.
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Asustado hasta la muerte por las amenazas jactanciosas del pasajero, el cochero pensó que llevaba a un verdadero bandido disfrazado de agrimensor, y huyó aterrorizado.
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El agrimensor se quedó solo en el carro, en medio del bosque, en la oscuridad, sin saber él mismo manejar los caballos.
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Pasó toda la noche solo en el bosque, temblando de miedo y de frío, temiendo ahora mucho más a los bandidos de verdad.
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Solo al amanecer pasaron unos campesinos y, al ver al señor solitario y asustado, lo llevaron hasta la finca.
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Así, con su exagerado alarde, el agrimensor asustó y ahuyentó a la única persona que podía protegerlo, y terminó siendo él quien más sufrió por su propia culpa.